Ministros de consolación

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. 2 Corintios 1.3–4

En estos versículos el apóstol Pablo menciona dos cosas que son importantes para nosotros. En primer lugar, dice que Dios es Padre de misericordia y de toda consolación. Estas dos características de su persona ponen en relieve la bondad de su corazón. Si bien Él ama a todos por igual, pareciera verdad que tiene especial compasión por los que están en situaciones de angustia, injusticia, opresión o abandono. No pocas veces en el Antiguo Testamento se lo describe como el Dios de los «quebrantados de corazón» (Sal 147.3). En forma sobrenatural, ministra a los que están en crisis y venda sus heridas para que sean restaurados. Así lo ha hecho con incontables  santos a lo largo de la historia, visitándolos en su momento de angustia y trayendo sobre ellos una manifestación poderosa de su gracia.

En segundo lugar, el  apóstol Pablo afirma que él puede consolar a otros con esta misma consolación. Es en esta declaración que quiero que nos detengamos por un momento. En estos momentos estamos en contacto con personas que están pasando por una profunda crisis personal. En más de una ocasión usted también habrá transitado por ese mismo camino. El apóstol Pablo dice que él consolaba con el consuelo con que había sido consolado.

En situaciones de crisis, abundan las personas que se acercan para dar consuelo, pero no consuelo divino. Sus intentos de ayudar incluyen recitar versículos, contar sus propias experiencias, o tratar de espiritualizar la prueba por la cual está pasando la otra persona. Nada de esto ayuda y, en no pocas ocasiones, solamente produce irritación. Los resultados proclaman cuán limitados son los esfuerzos de la carne por producir obras espirituales.

El consuelo que sana, es el que nace en la obra sobrenatural de Dios. Para practicarlo, primeramente hay que haberlo experimentado. No es suficiente haber pasado por pruebas. Esto no capacita para consolar. Pero cuando se ha sido consolado por el Señor mismo,  se conoce de primera mano la tierna bondad de Cristo. Cuando nos acercamos a otro que está atribulado, podemos hacerlo con la misma sensibilidad, con la misma ternura, y con el mismo cuidado. Hagámoslo con los que hoy están necesitando una palabra de consuelo.

A decir verdad, solamente podrá reproducir este tipo de consuelo quien va de la mano del que lo ha consolado, Dios mismo. No se apresure a hablar lo primero que se le venga a la cabeza. Permita que el Señor lo guíe, y lo haga partícipe de un momento de sanidad sobrenatural.

Pastor Nolberto Llaguno . [1]


[1] Basado en Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.